Boom Exportador y Enfermedad Holanda
Jürgen Schuldt (*)
Contrariamente a lo que generalmente se piensa, cuando un país súbitamente logra grandes éxitos exportando commodities, a la larga puede terminar bastante maltrecho. El ejemplo clásico, que sirve para ilustrar esta paradoja aparente, proviene de la experiencia de Holanda, que en 1959 encontró reservorios enormes de gas natural y los comenzó a exportar masivamente. Sin embargo, hacia mediados de los años setenta, especialmente luego del primer choque petrolero, como consecuencia de la catarata de divisas que la irrigó, se estancó la producción de la industria manufacturera, el desempleo saltó abruptamente y la participación de la ganancias en el Producto Nacional cayó, entre otras calamidades. Todo lo que derivó de la consecuente revaluación del florín neerlandés, que implicó una drástica pérdida de competitividad internacional de la poderosa manufactura doméstica, si bien favorecía las arcas fiscales y a las empresas productoras de bienes no transables. Sin tener mayor conciencia de ella, hoy en día los países que más la padecen son los petroleros, al margen de los demás maleficios que acompañan el espectacular auge del oro negro. Como esa bonanza exportadora modifica los principales precios relativos, también la estructura sectorial del país se transforma radicalmente, generando trastornos variados, los más conocidos de los cuales son la ‘desindustrialización y la ‘desagriculturización’ de la economía, al margen del crecimiento exagerado y atolondrado del gasto público.
En general, ese virus se transmite a todos aquellos países que ven incrementar súbitamente el valor de sus exportaciones por aumentos inesperados de sus precios fijados internacionalmente y/o por drásticos incrementos de los volúmenes. Igualmente se puede presentar cuando ingresan cuantiosas divisas por concepto de inversión extranjera directa, de capitales de corto plazo, de la ‘ayuda externa’, del auge del turismo, etc. Que es justamente el caso peruano, por lo que nos preguntamos ¿por qué la economía peruana no fue contagiada por esta enfermedad en estos últimos años de extraordinaria bonanza externa? Recordemos que durante el último lustro nuestros ingresos de divisas aumentaron acelerada y masivamente: Básicamente, como consecuencia de su acumulación por los enormes superávit comerciales (US$ 9.200 millones), la inversión extranjera directa (US$ 8.300’, aparte de un poco más de 500’ por privatizaciones), las remisiones de nuestros paisanos emigrados (casi US$ 5.000’, sin contar los que llegaron ‘informalmente’) y los desembolsos de préstamos de largo plazo al sector privado (US$ 3.400’), entre otros. Obviamente a esta sumatoria de flujos del último quinquenio hay que restarle los déficit de servicios, los pagos a factores extranjeros, el servicio de la deuda externa, etc.
En nuestro caso, en principio, como consecuencia del chorro de divisas que ingresó al país, hemos debido sufrir una revaluación drástica del tipo de cambio, como ha venido sucediendo últimamente en Chile. Hay quienes dicen que hoy el US$ debería estar en 2,70 nuevos soles y no en 3,25 (a pesar de que el tipo de cambio real multilateral se ha devaluado en 7 por ciento desde que se inauguró el presente gobierno). En cuyo caso no estaríamos hablando de las notables exportaciones de espárragos y café, de mangos y uvas, de polos y camisas, entre otros tantos. Si se hubiera dejado el mercado cambiario a su libre albedrío, habría quebrado una infinidad de empresas pequeñas y medianas, con lo que el problema del desempleo y subempleo sería aún más grave del que de por sí es. Que esto no haya sucedido se lo debemos, en gran parte, a las heterodoxias de nuestro Banco Central, tanto por la política de metas explícitas de inflación, como por su intervención en el mercado cambiario. De ahí que Posición de Cambio del BCR haya aumentado en 190%, al pasar de US$ 2.600’ a 7.500’ en lo que va de este gobierno. Por su parte, el stock de Reservas Internacionales Netas pasó de US$ 8.700’ en julio de 2001 a US$ 14.235’ en mayo 2006, equivalente a un aumento del 64%.
Pero aún faltaría lo peor. Porque también hay economistas que consideran, con mucha razón, que la ‘verdadera’ enfermedad holandesa recién se siente cuando culmina el auge exportador, cuando hay que ajustar los incrementados gastos públicos y reprimir las alzas salariales; y, sobre todo, cuando se descubre que nos hemos concentrado demasiado en ciertas exportaciones primarias por efecto de los elevados precios internacionales. Así, en Colombia a ello se le ha dado en llamar el “efecto Pambelé”, por el destino de ese gran boxeador que -de la noche a la mañana- se hizo millonario, pero que una vez que tuvo que dejar los guantes cayó (y falleció) en la más penosa e incomprensible miseria. Y eso es algo que muy bien puede sucedernos si no guardamos pan para mayo (del 2008), si no realizamos las reformas internas necesarias para soportar el golpe, si no se diversifican las exportaciones hacia ramas productivas no primarias, si no se incentivan encadenamientos productivos y, consecuentemente, si no de amplía el precario mercado interno.
A este respecto hay que decir –sin afán de alarmar a nadie- que las proyecciones del Banco Mundial de nuestros términos de intercambio no son muy halagadoras para los próximos años, a lo que se añade que EEUU viene ajustando su economía –como ya era hora- con los cambios graduales que viene procurando Bernanke desde la Reserva Federal, cuya tasa de interés se encuentra en 5,25%, subiría a 5,50% en agosto y amenaza con llegar a 6% en diciembre. La compresión consecuente de la demanda agregada norteamericana tendría efectos desastrosos sobre los precios de nuestras commodities. Ni qué decir si China revalúa el yuan, como debe ser. ¿Estaremos preparados para aguantar el puño de Mike Tyson y las embestidas de Jackie Chang?
(*) Profesor Principal de la Universidad del Pacífico. Doctor en Economía de la universidad de St. Gallen, Suiza.
Tomado del Diario Gestión, Lima 19 de Julio del 2006
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